Tengo sobre la mesa un mapa desplegado del litoral de Pontevedra, con las esquinas desgastadas por el roce constante y los pliegues vencidos de tantas veces que lo he abierto sobre el salpicadero del coche. Para cualquiera que no conozca esta tierra, no sería más que una maraña de líneas azules, curvas de nivel y topónimos impresos en letra menuda. Para mí, sin embargo, ese papel es una brújula emocional: la cartografía viva de veranos enteros, de tardes de salitre en la piel y de caminos de tierra que desembocan en el rumor constante del Atlántico.
Nuestra costa no se deja resumir en una línea recta ni previsible. Es un laberinto de rías, penínsulas y ensenadas donde cada recodo crea un micro-mundo distinto. Por eso, tener este mapa a mano nunca ha sido una cuestión de orientación geográfica básica, sino de estrategia pura. En Galicia, elegir playa exige saber interpretar el cielo y dialogar con el viento. Cuando el nordés aprieta con fuerza, despejando las nubes pero levantando rachas incómodas en mar abierto, mis ojos acuden al mapa para buscar el amparo de la ría de Aldán. Sé que allí, en calas como Menduíña, Francón o Castiñeiras, los pinares bajan casi hasta besar el agua, creando remansos de arena fina donde el mar reposa en una balsa verde esmeralda ajena al vendaval exterior.
En cambio, cuando el cuerpo me pide la vibración imponente del océano abierto, el dedo recorre la silueta escarpada de la Costa da Vela. Sitios como Barra, con su majestuoso cordón dunar y ese carácter salvaje que parece no haber cambiado en siglos, o la vecina Nerga, siempre mirando de frente a la silueta guardiana de las islas Cíes. En los márgenes del mapa guardo pequeñas anotaciones a lápiz que he ido sumando con los años: qué cala tiene mejor sombra a media tarde, dónde deja la marea baja pequeñas pozas transparentes para nadar sin prisa o qué sendero costero conecta dos arenales cuando apetece caminar entre toxos y eucaliptos antes de tumbarse en la toalla.
Hay un placer difícil de explicar en el simple gesto de trazar la jornada sobre el papel antes de encender el motor. Mirar el perfil de la ría de Pontevedra y sopesar si poner rumbo hacia O Salnés —tentado por la inmensidad atlántica de A Lanzada, el ambiente recogido de Areas o las dunas de Montalvo— o quedarse explorando las calas escondidas de Marín y Bueu.
Doblar de nuevo playas de pontevedra mapa y dejarlo en la guantera me devuelve siempre una calma inmediata. Saber que está ahí me recuerda que, por muy ruidosa o monótona que se vuelva la rutina, bastan unos pocos kilómetros para encontrar un refugio de arena blanca y agua cristalina esperándome al final de cualquier desvío.